El uso del agua

Lo que vas (vais) a leer a continuación es un artículo de un Ingeniero de Telecomunicaciones, experto piloto de avionetas y otros “aparatos”, que sobrevuela con ellos la Comunidad de Madrid, entre otros muchos sitios, y que, entre otras cosas, suele ponerme a prueba, cuando lo hace, lo de volar, enviándome fotos aéreas de los embalses de canal para que le diga cuál es o cuáles son.

Además de esto, es un apasionado lector de El Quijote en El Círculo de Bellas Artes y una de las voces del grupo de la voz que este mes (octubre de 2015) se llama: Aupa Octofest.

Su nombre: FRANCISCO RÍOS VALLEJO. Su profesión, una de ellas: escritor.

Muchas gracias Paco.

Nuestros antepasados desde el final del XV hasta el XVIII tenían auténtico terror al agua.

Circulan varias leyendas acerca del mítico olor corporal de la reina Isabel La Católica.  Se dice, que era posible oler su presencia, literalmente, antes de que entrara en las habitaciones; que su aroma era tan fuerte que, incluso en campo abierto, resultaba insoportable; que apenas se bañó unas pocas veces en toda su vida.

Pero no sólo era ella. Su corte, sus sucesores y las cortes de sus sucesores, todos los nobles y plebeyos de los siguientes siglos, estaban igualmente peleados con el agua. Y no sólo en España; de Luis XIII de Francia se sabe que lo bañaron al nacer, volvió a bañarse a los siete años, y no está claro cuántas veces más se bañó en su vida, si es que se bañó alguna. Y la situación era la misma en todas  las cortes y sociedades “avanzadas” de la época.

En resumen, que podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que nuestros antepasados eran unos “cochinos  integrales”.

¿O no?

Antes de emitir vuestro juicio, dejadme que os cuente algo más.

Dejando a un lado las personas sin recursos, que no se lavaban porque no tenían con qué, el baño siempre fue algo habitual, lúdico y festivo en Europa hasta finales del siglo XV. Las ciudades solían tener baños públicos muy populares; Madrid, por ejemplo, contaba con ellos desde los árabes y,  retrocediendo en el tiempo, las ruinas romanas de todo el Mediterráneo conservan abundantes restos de espléndidas termas públicas y privadas. No hay duda: antes del XVI, los europeos que se lo podían permitir se bañaban a menudo y, además, disfrutaban con ello.

La aparente “cochineidad” de nuestros antepasados no se debe pues a la prevalencia de supersticiones medievales, como suele suponerse. Al contrario: es una sorprendente manifestación de modernidad; una  costumbre novedosa que se inició con el Renacimiento, alcanzó su plenitud en el XVII, y no remitió hasta bien entrado el XVIII.

¿Y qué demonios sucedió en ese periodo? ¿Por qué nobles y plebeyos decidieron conservarse sucios y malolientes? ¿Por qué en una época de recuperación de los placeres terrenales, y relativa prosperidad, renunciaron al bañito de agua caliente antes de ir a la cama?

Por extraño que parezca, la razón hay que buscarla en el avance científico propio de la época.

En la Edad Media, la  enfermedad tenía origen sobrenatural: estar sano o enfermo no tenía nada que ver con la actividad de las personas, siempre y cuando no irritaran a Dios más de lo imprescindible.

En ese contexto, bañarse, o dejar de hacerlo, era una cuestión de gustos y medios, pero nada más. En lo más profundo de la Edad Media, sólo los muy, muy ricos podían hacerlo, pero avanzada la Edad Media, en las ciudades refinadas, y particularmente en las árabes, los baños públicos y privados florecieron de nuevo, y tuvieron el mismo carácter lúdico de siempre. El que no se bañaba, era porque no podía pagarlo, no por falta de ganas.

Sin embargo, con el Renacimiento, las personas cultas empezaron a analizar racionalmente el origen de las cosas y eso cambió todo, para lo bueno y para lo malo.

Al darse cuenta de que las enfermedades se trasmiten por aire o fluidos, y que tanto las enfermedades graves como la putrefacción producen mal olor, la incipiente ciencia médica llegó a la conclusión de que la enfermedad la producían “vapores apestados” que, por una vía u otra, penetraban en el cuerpo.

Observando además que las heridas tienden a infectarse, razonaron correctamente que la piel era una barrera clave contra la entrada a las enfermedades.

Finalmente, observando que el baño ablanda la piel y abre los poros, razonaron, esta vez erróneamente, que bañarse con agua era forzosamente peligroso para la salud.

Conclusión: fue la ciencia, o al menos la razón, la que condujo a Europa al periodo más sucio y maloliente de toda su historia.

Sin embargo, ni siquiera en esa época tan olorosa,  las personas educadas y pudientes dejaron de lavarse. No es cierto que se limitaran a rociarse rápidamente con perfumes para “tapar” el mal olor. Eso es un mito absolutamente falso. De hecho, las personas refinadas de la época dedicaban mucho tiempo  a la limpieza personal. Seguramente, más que ahora.

Lo que sí es cierto es que, no pudiendo lavarse con la antihigiénica agua, la limpieza se realizaba de otra manera. Y hoy, nos da asquito sólo pensarlo pero, en su momento, las técnicas que usaban los nobles, y todas las personas refinadas, se consideraban el no-va-más de la higiene.

En los siglos  XVII y XVIII, las personas cultas se limpiaban frotándose con paños secos para quitar el sudor y la mugre, y se untaban con aceites y polvos perfumados para tapar los peligrosos poros, ocultar el tufo y disimular la roña persistente. Además de echarse perfume que, a falta de un perfumero “venturi”, a veces “espurreaba” una sirvienta directamente con la boca.

La limpieza de la piel con agua, rigurosamente prohibida por el médico, se sustituyó por la limpieza de la ropa interior. Entre las clases pudientes se extendió la costumbre de cambiarse frecuentemente y además, para proteger la piel y absorber el sudor,  se puso de de moda usar varias capas de ropa interior, que asomaba por cuellos y puños en señal de refinada pulcritud.  Un pañuelo perfumado para evitar los “vapores apestados”, completaba el atuendo.

Y eso, por no hablar de otras costumbres que hoy nos producen una mezcla de pánico y repugnancia. Por ejemplo, los bebés se  bañaban al nacer para quitarles los restos del parto pero, temiendo  el nocivo efecto del agua, inmediatamente después se embadurnaban en aceite, ceniza ¡o hasta limadura de plomo mezclada con vino! para “taparles los poros”. ¿Cuántos locos de la época eran simplemente víctimas del plomo? Imposible saberlo.

Ya bien entrado el XVIII, el baño con agua comenzó a recuperarse;  al principio, sólo con fines terapéuticos y por prescripción médica. A lo largo del XIX, el uso del agua para higiene corporal volvió a generalizarse progresivamente, aunque muchos médicos siguieron recomendando tomar baños con  “moderación”  durante otro siglo más.

Y  algunas “costumbres” sobrevivieron casi hasta el final del XX: durante la segunda mitad del siglo, todavía se recomendaba evitar el agua durante el ciclo menstrual;  y en los 80, aún era posible encontrar personas mayores que, cuando te enseñaban la bañera de su casa, con voz solemne, te aclaraban que “gracias a Dios” aún no habían “tenido” que usarla nunca.

¿Podemos afirmar alegremente que nuestros antepasados eran unos “cochinos  integrales”?

Yo creo que no. Por el contrario, creo que eran mucho más limpios que nosotros. Tanto, que no dudaron en pagar un altísimo precio por mejorar su higiene: aceptaron que el mal olor y los piojos eran compañeros inevitables, y renunciaron al placer del baño calentito en una época de hedonismo creciente y costumbres cada vez más refinadas.

Dejadme ahora que cambie la pregunta: ¿Renunciaríamos nosotros a la ducha mañanera, el bañito caliente, la playa y la piscina,  por satisfacer unos nuevos criterios de higiene, por muy científicos y fundados que estuvieran? ¿Aceptaríamos a los piojos como saludables, e inevitables, compañeros de almohada, si eso fuera mejor para nuestra salud?

En resumen: ¿estamos nosotros tan comprometidos con la limpieza como lo estaban ellos?

Permitidme que lo dude.

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